Pedirle bien las cosas, y saber cuándo no fiarte.
Le pides «escríbeme un correo para un cliente» y te devuelve un correo que podría ser de cualquiera, para cualquiera, sobre cualquier cosa. Y concluyes que la IA es un juguete. El problema es otro: le has dado un encargo que ni una persona podría cumplir bien.
Prueba a hacer el mismo experimento con un humano. Entra alguien nuevo en tu oficina, muy despierto, con muchísima cultura general, y le dices desde la puerta: «escríbeme un correo para un cliente». ¿Qué te devuelve? Exactamente lo mismo: algo genérico. No porque sea tonto, sino porque no sabe qué cliente, para qué, con qué historia detrás, ni cómo escribes tú.
Esa es la comparación que conviene tener en la cabeza durante todo este cuaderno: no estás usando un buscador, estás dando instrucciones a alguien capaz que acaba de llegar. Un buscador te devuelve lo que otros escribieron. Un modelo te devuelve lo que tú le has pedido que escriba. La calidad del encargo es la mitad del resultado.
Antes de enviar un encargo, léelo imaginando que se lo das a alguien que empieza hoy en tu empresa. Si esa persona tendría que hacerte tres preguntas para poder empezar, esas tres respuestas es lo que le falta a tu encargo. Añádelas y vuelve a enviarlo.
Cuando alguien dice que la IA no le sirve, casi siempre está diciendo una de estas tres cosas. Merece la pena contestarlas antes de seguir, porque las tres tienen parte de razón.
«Me devuelve cosas genéricas.» Tiene toda la razón, y ya sabes por qué: le faltaba el papel y el material. Es el problema que resuelve entero este cuaderno, y se arregla en dos minutos por encargo.
«Se inventa cosas.» También tiene razón, y esto no se arregla del todo. Se gestiona. Es una consecuencia de cómo está construida, no un error que vayan a corregir. Lo que se puede hacer es saber en qué terreno pisa firme, en cuál no, y qué comprobar en cada caso — que es la sección seis.
«Escribe con un estilo que no es el mío.» Cierto, y es la queja más razonable de las tres. Por defecto escribe en un registro medio, entusiasta y algo hinchado, porque es el promedio de lo que ha leído. La solución no es pedirle «que suene natural», que no significa nada: es darle tres párrafos escritos por ti y decirle «este es mi tono, ajústate a él». Con tres ejemplos propios se acerca muchísimo; con cero, imposible.
Hay una cuarta frase que se oye menos y es la más honesta de todas: «me da pereza explicarle tanto». Es verdad que escribir un buen encargo cuesta dos o tres minutos. La cuenta que hay que hacer es esta: esos tres minutos frente a las tres vueltas que te ahorras, o frente a la media hora que ibas a tardar escribiéndolo tú. Y si es un encargo que repites cada semana, se escribe una vez y se usa cincuenta.
Un buen encargo lleva cinco ingredientes. Ni uno más. Lo interesante es que cada uno, cuando falta, produce un fallo distinto y reconocible — y por eso, viendo lo que te devolvió, puedes saber qué se te olvidó poner.
De los cinco, el material es el que más se olvida y el que más caro sale. Es también el único que no puede poner nadie más que tú: el modelo tiene toda la cultura general del mundo y cero información sobre tu cliente, tus precios, tu equipo y lo que pasó en la reunión del martes.
No hace falta entender cómo funciona un motor para conducir, pero sí saber que hay que echarle gasolina y que no vuela. Con esto pasa igual: tres cosas de mecánica y ya no te llevas sustos.
Un modelo de lenguaje no busca la respuesta en ningún sitio: predice qué texto encaja después del tuyo, a partir de todo lo que ha leído. Es una máquina de continuar textos, extraordinariamente buena.
De ahí sale la consecuencia más importante de todo el cuaderno: cuando no sabe algo, no se calla — continúa. Y lo que continúa suena exactamente igual de convincente que cuando sí lo sabe. A eso se le llama alucinación, y no es un fallo ocasional que vayan a arreglar la semana que viene: es una consecuencia directa de cómo está hecho.
No ve tu correo, ni tu contabilidad, ni tu web, salvo que se lo pegues o se lo conectes. Cuando le preguntas por tu negocio sin darle nada, no te está ocultando información: está rellenando un hueco con lo que suele pasar en negocios parecidos.
Hay una manera de resolver el problema del material sin pegarlo a mano cada vez: conectarle tus documentos. Casi todas las herramientas serias permiten hoy subirle archivos, o darle acceso a una carpeta, o conectarla a la base de datos donde tienes lo tuyo.
Cuando lo haces, cambia el reparto: ya no busca la respuesta en lo que recuerda del mundo, sino que lee tus papeles y responde a partir de ellos. Eso reduce muchísimo el inventar, porque tiene dónde mirar. No lo elimina —puede entender mal un documento, igual que una persona— pero cambia el orden de magnitud.
Tres cosas que conviene saber antes de hacerlo:
Esta es, por cierto, la razón por la que el manual de tu negocio de la lámina 06 vale tanto: es un documento pequeño, ordenado y actual, que es exactamente lo que un modelo aprovecha bien. Doscientos archivos desordenados valen menos que una página buena.
Dentro de una conversación recuerda lo dicho, hasta un límite. Entre conversaciones distintas, en general no. Si algo es importante —tu forma de escribir, las reglas de tu marca, los datos de tu empresa— no lo cuentes una vez: tenlo escrito y pégalo cuando haga falta. Es la diferencia entre explicárselo cada lunes y darle un manual.
Redactar, resumir, reescribir en otro tono, traducir, estructurar, hacer listas y borradores, encontrar el hueco en un razonamiento, darte veinte ideas para que elijas dos, explicarte algo a tu nivel, y discutir contigo sin cansarse. Todo lo que es transformar texto que ya existe.
Cifras exactas, fechas, citas literales, precios, normativa, quién dijo qué y cuándo. Cualquier cosa que exija recordar un hecho concreto en lugar de componer un texto verosímil. Todo lo que hay que comprobar antes de usarlo.
Estamos entrenados para leer la seguridad como competencia: quien duda sabe menos. Con un modelo, esa pista no vale nada — suena igual de seguro cuando acierta que cuando se lo inventa. Es el aviso central de Gupta, Candelon, Mills y Zhukov en su análisis de lo que ChatGPT dejó al descubierto sobre la necesidad de una IA responsable, y es la costumbre más difícil de desaprender.
No hay que ponerlos siempre los cinco ni en este orden. Pero cuando algo sale mal, la causa está casi siempre en uno de ellos.
«Escríbeme un correo para un cliente que se queja de un retraso.»
Lo que sale: un correo educado, largo, con «lamentamos las molestias ocasionadas», sin un solo dato y sin ninguna decisión. Sirve para cualquier empresa del mundo, o sea, para ninguna.
«Eres el responsable de una reforma; escribes a Marta, clienta particular, que ya pagó el 40 %. [tarea] Redacta su respuesta. [material] Su correo va debajo; el retraso es de 9 días por el proveedor de la encimera; le ofrecemos terminar el resto y dejar la encimera para el día 14. [formato] Menos de 130 palabras, sin fórmulas de cortesía largas, tuteando. [límites] No inventes fechas ni descuentos; si falta un dato, pregúntamelo.»
El verbo de la tarea decide el tipo de trabajo. Estos seis cubren casi todo lo que vas a necesitar.
| Verbo | Para qué | Ejemplo de tarea |
|---|---|---|
| Redacta | Producir un texto nuevo a partir de tu material | «Redacta la respuesta a este correo» |
| Reescribe | Cambiar el tono, la longitud o el nivel de un texto que ya existe | «Reescribe esto para alguien que no es del sector, en la mitad» |
| Resume | Quedarse con lo que importa de algo largo | «Resume este acta en cinco decisiones y sus responsables» |
| Compara | Poner dos o más cosas en una tabla y ver las diferencias | «Compara estas tres ofertas por precio, plazo y garantía» |
| Critica | Que busque los fallos de algo tuyo. El más infravalorado | «Critica este presupuesto como si fueras el cliente que busca excusas» |
| Propón | Generar opciones para que elijas tú, no para que decida él | «Propón ocho titulares y ordénalos de más claro a más llamativo» |
Critica merece un párrafo aparte. Es el verbo que la mayoría no usa nunca y el que más valor da: pedirle que busque los agujeros de tu propuesta, tu precio o tu argumento te da en treinta segundos las objeciones que ibas a oír en la reunión del jueves. Y como no tiene ego, no se corta.
Si tienes una empresa pequeña o trabajas por tu cuenta, no hace falta que la metas en todas partes. Con estos seis usos ya recuperas varias horas por semana, y los seis caben dentro de lo que hace bien: transformar texto que tú aportas.
Fíjate en el número cinco, porque es el que casi nadie usa. Pedirle que ataque tu propio trabajo es lo más rentable que puedes hacer con una IA, y es justo lo contrario de lo que hace todo el mundo, que es pedirle que se lo escriba y que le diga que está muy bien. No tiene ego ni te debe nada: si le pides que haga de cliente difícil, hace de cliente difícil.
Y una advertencia sobre el número dos: para resumir una reunión necesitas la transcripción, no tu recuerdo. Si tu recuerdo fuera fiable, no harían falta actas.
El error de principiante no es escribir un mal encargo: es rendirse después del primero. Lo que devuelve la primera vez casi nunca es lo que quieres, y eso es completamente normal. La calidad aparece en la segunda y la tercera vuelta.
Piénsalo otra vez con el recién llegado: no le encargarías algo y, al ver el primer borrador flojo, concluirías que no vale. Le dirías qué está mal. La diferencia es que este no se ofende, no se cansa y tarda diez segundos.
Hay tres formas típicas de que una conversación se estropee, y las tres tienen arreglo rápido:
El tercero es el más peligroso de los tres, porque no se nota. Un colaborador que siempre te da la razón no te está ayudando, y con una máquina pasa exactamente igual — con el agravante de que además suena convencido.
La pregunta «¿es fiable la IA?» no tiene respuesta, porque depende de dos cosas: qué tipo de trabajo le has pedido y qué te cuesta el error. Cruzadas, dan cuatro situaciones muy distintas.
El antídoto es una sola frase, y conviene tenerla siempre a mano: «dime de dónde sacas cada dato, y si no lo sabes, dilo».
Queda la parte que nadie pone en los cursos y que es la única que puede meterte en un problema real.
Lo que sale con tu nombre es tuyo. Si envías un presupuesto con un precio inventado, el cliente no va a reclamarle a la máquina. Si publicas un dato falso, la credibilidad que se rompe es la tuya. Y si el texto ofende a alguien, quien firma eres tú. Esto no es una advertencia legal, es sentido común aplicado: la herramienta no responde de nada.
De ahí salen tres reglas que conviene tener escritas si hay más gente en tu equipo usándola:
Suena severo para una herramienta que ahorra tanto tiempo, pero es justo al revés: estas tres reglas son lo que te permite usarla con soltura. Sin ellas, cada texto genera una duda; con ellas, el reparto queda claro y puedes ir rápido.
Comprobarlo todo es imposible y no comprobar nada es temerario. Estos cuatro escalones te dicen hasta dónde subir en cada caso, y se recorren en segundos una vez los tienes en la cabeza.
Siete pasos. Los cinco primeros son el encargo; los dos últimos, lo que separa un juguete de una herramienta de trabajo.
El paso siete tiene una versión mayor, y es lo que más cambia el rendimiento a medio plazo: ten escrito, en un archivo, lo que un recién llegado necesitaría saber. Se pega al principio de la conversación y se acabó explicarlo cada vez.
El ejemplo más honesto que puedo darte de trabajar con una IA es este mismo cuaderno. Los Cuadernos del Molino —el sistema, el catálogo de sesenta títulos, las portadas y los dos primeros números— se encargaron a una inteligencia artificial. Y salió bien por razones que no son las que uno esperaría.
No fue el modelo. No fue encontrar el prompt perfecto. No fue una fórmula copiada de ningún sitio.
«Hazme una serie de cuadernos divulgativos.» Sale algo razonable, ordenado y absolutamente intercambiable: podría ser de cualquiera. Ni un solo elemento obligaría a nadie a elegirla frente a otra.
Sesenta títulos que cruzan libros que están de verdad en la biblioteca, seis colecciones que son las seis caras de un método propio, y un tope de palabras que obliga a decidir qué se queda fuera. Los límites no restaron: fueron el diseño.
Una IA sin límites produce lo genérico; con límites produce lo tuyo. Y los límites solo los puedes poner tú, porque salen de tu oficio, tu archivo y tu criterio. Es exactamente al revés de lo que se suele contar: el trabajo no está en pedirlo bonito, está en saber qué no se puede hacer.
Por orden de frecuencia. Los tres primeros los comete todo el mundo la primera semana.
Quince minutos y un folio. La segunda parte necesita un ordenador, pero la primera no.
Minuto 1–3. Piensa en un texto que escribes todas las semanas: un correo de seguimiento, un presupuesto, un parte, un mensaje al equipo. Escribe cuál es.
Minuto 4–10. Escribe el encargo completo con los cinco ingredientes. Papel (quién eres y para quién). Tarea (un verbo). Material (qué le vas a pegar). Formato (longitud y estructura). Límites (qué no debe hacer nunca).
Minuto 11–14. Pruébalo. Corrige una sola vez, señalando en concreto lo que está mal. No corrijas dos veces todavía.
Minuto 15. Guárdalo donde lo vayas a encontrar la semana que viene. Este es el paso que casi nadie da y el que convierte quince minutos en un activo.
Lo difícil no es conseguir que la máquina responda. Es saber qué le estabas preguntando.
Regla de la casa · Cuadernos del Molino
Cuatro títulos del estante de ReadTheWay, cruzados con la construcción de esta propia colección.
Este cuaderno evita a propósito nombrar modelos, versiones y precios, porque todo eso cambia cada pocos meses. Lo que no cambia es la estructura del encargo, la mecánica de la predicción y la necesidad de comprobar. Si dentro de tres años sigue habiendo modelos de lenguaje, este cuaderno seguirá siendo válido; y si los hubiera sustituido otra cosa, tampoco te habría enseñado a depender de una herramienta concreta.
Cuaderno 03 · Transmitir · «La conversación que llevas meses evitando». Nivel básico. Porque después de aprender a encargarle trabajo a una máquina que no se ofende, conviene recordar cómo se le habla a alguien que sí.
Si el ejercicio no te funcionó o hay un párrafo que tuviste que leer dos veces, dilo en la ficha de este cuaderno en ReadTheWay. Las segundas ediciones salen de ahí.